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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Laberintos. Puertas al Conocimiento.

Podemos definir laberinto como un espacio cerrado en el que hay un camino de entrada y uno de salida, a veces son el mismo, que conduce del exterior al centro y cuyo recorrido suele tener un gran número de vueltas, giros y bifurcaciones.

Pero también es uno de los símbolos más antiguos de la humanidad. Lo podemos ver en antiguas monedas griegas, jarrones etruscos, tumbas de Sicilia, anillos de Indonesia o incluso en joyas de los nativos americanos. También en rocas de España, Rusia o Inglaterra, en el suelo de algunas catedrales góticas, en templos indios y también en mezquitas de Pakistán. Algunos hechos de césped los podemos ver en jardines ingleses o alemanes, y de piedra en Escandinavia, Rusia, Norteamérica o la India.

Este mismo hecho hace que sea difícil establecer cuál es su origen, pero la corriente principal mantiene que se creó en las civilizaciones mediterráneas, y de ahí se fue expandiendo junto con las rutas comerciales. Se han encontrado laberintos en el Mediterráneo, en toda la costa atlántica europea desde la Península Ibérica hasta Islandia e incluso hay una isla rusa en el Océano Ártico donde se encontraron varios.
El laberinto también se extendió hacia oriente por Persia, India, Indonesia y se cree que desde ahí saltaron hasta América. Hay laberintos documentados en tradiciones de las tribus Hopi, Navajo, Pima y Papago.

Laberinto Clásico o Cretense


Tal vez el más famoso de todos los laberintos de la Historia sea el de Creta, el que la leyenda asocia con el Minotauro. De acuerdo a esa misma leyenda, el muy poderoso rey Minos se negó a sacrificar un hermoso toro blanco al dios Poseidón, faltando así a la promesa que hizo anteriormente y el Dios se vengó haciendo que su esposa, Pasifae, se enamorara del toro. Ésta concibió un monstruo, el Minotauro con cuerpo de hombre y cabeza de toro.
Recordemos que en esa época estaban viviendo la Era de Tauro, luego llegaría la de Aries y la de Piscis, y ahora según a quién se pregunte puede que nos estemos asomando a la era de Acuario.
El rey Minos hizo que su arquitecto real, Dédalo, hiciera un laberinto para mantener encerrado dentro al Minotauro. Éste mismo Dédalo fue el que huyo de Creta junto con su hijo Ícaro usando unas alas artificiales hechas de plumas y cera.
Creta tras ganar en una campaña militar a Atenas, les obligó a entregar anualmente un sacrificio para el Minotauro de siete doncellas y siete jóvenes. Un año le tocó formar parte del sacrificio a Teseo, hijo del rey de Atenas. Al llegar a Creta, Teseo y la hija del rey Minos, Ariadna, se enamoraron y ella le ayudó dándole un hilo para que pudiera salir del laberinto haciendo el recorrido inverso al de entrada. Posteriormente, la historia no acabó bien para estos dos amantes, como solía ocurrir en aquellas épocas.

Los mitos y leyendas no nos transmiten hechos históricos, sino que reflejan vivencias del alma. Tratan de nuestros miedos, luchas, vivencias interiores que nos son comunes a todos.
El laberinto es como un espejo, un símbolo del difícil camino de la vida. Habla de las verdades, dificultades y luchas que hay que afrontar en nuestro camino, pero a la vez relata la entrada, la llegada al centro y la liberación resultante de volver al exterior.

Laberinto Romano


Otro laberinto muy conocido es el de la época romana. Roma se adueñó de casi toda la épica y mitología griega y eso incluye la historia de Teseo. Roma tan práctica como siempre, cambió y adaptó el modelo clásico del laberinto cretense por otro más acorde a sus gustos estéticos. Como norma general, el romano es un laberinto cuadrado y no circular, y para poder llegar al centro hay que recorrer todos y cada un de los pasillos de cada cuadrante antes de llegar al siguiente.

El tercer laberinto por antonomasia es el cristiano. La doctrina religiosa se sirvió de esta imagen pagana para reflejar la victoria de Cristo sobre el Diablo y su regreso triunfal a la nueva vida.
Su apogeo llegó con las catedrales góticas. En una época donde una peregrinación a Santiago de Compostela (Jacobeo), Roma (Romero) o Jerusalén (Palmero) era un viaje muy arriesgado, caro y de varios años, estos laberintos se podían recorrer de rodillas haciendo una pequeña peregrinación como símbolo de la más grande. Los fieles podían entrar a la catedral y allí recorrerlo a la vez que reflexionaban sobre sí mismos y sobre la vida.

Laberinto de la Catedral de Chartres (Francia)


Posteriormente ya llegaron los laberintos de césped o de jardín más típicos de Inglaterra, Alemania y Austria.

El laberinto es un símbolo que todos conocemos, aunque no seamos conscientes del significado. Se trata de un enigma o misterio que para ser resuelto requiere que recorramos sus pasillos. Un símbolo no puede explicarse o interpretarse en su totalidad, y además hay que tener en cuenta la personalización de cada mensaje de acuerdo al individuo que lo interpreta. 
En un laberinto podemos encontrar juntos el cuadrado (Tierra), el círculo (Cielo) y la cruz (unión de ambos).
Para los indios hopi es el matrimonio entre el Padre Sol y la Madre Tierra.
En el cristianismo es un símbolo del hombre terrenal y del mundo. La cruz está en el centro y todos los caminos se organizan en torno a ella.

En la actualidad, en esta sociedad de la información, las escuelas, universidades, la política o la economía han hecho de la palabra, ya sea hablada o escrita, el medio más importante para comunicarse.
El conocimiento abstracto es transmitido sobre todo oralmente.
Pero todas estas palabras son tan abrumadoramente abundantes que el interés por escuchar y leer de la gente se ha reducido drásticamente.
En las escuelas hay alumnos que se esfuerzan por escuchar lo que dice un supuesto experto en la materia. Toman apuntes a toda velocidad intentando plasmar fielmente las palabras para cuando llegue el examen. Si lo hacen bien, tendrán una buena nota y podrán aprobar el curso y recibirán una acreditación que demuestra que son capaces de transmitir ciertas palabras. Pero nadie cuestiona si los alumnos realmente han adquirido conocimientos sólidos, si han aprehendido la verdad fundamental de la asignatura.

Al entrar en un laberinto nos encerramos en él. No hay atajos, ni desviaciones posibles, no hay trucos y el camino es impredecible. Esto nos causa miedo, como todo lo que nos es desconocido o queda fuera de nuestro alcance. La simbología de la muerte está íntimamente ligada a estas sensaciones. La oruga muere y se transforma en mariposa. La semilla se desarrolla y crece una planta. ¿Y nosotros? ¿Qué le pasa al hombre cuando muere?
El camino del laberinto en un símil del recorrido por  la muerte, por el más allá. El camino de vuelta a la salida  simboliza el renacer.
Así pues el laberinto une en un sólo símbolo la muerte y el renacimiento.

El laberinto nos da una imagen de retorno. Tras un camino difícil y enrevesado llegamos a un callejón sin salida. Lo único posible es deshacer lo andado. La necesidad de regresar es perentoria. Aquí surge la conciencia de la necesidad de liberarse del miedo, del dolor y de la muerte.
Esto es lo que significa liberarse de este mundo, escapar del laberinto. Regresar nos permite abandonar el laberinto, dejarlo atrás.

Cómo nos enfrentamos a un laberinto depende de nosotros mismos y de nuestra actitud hacia la vida. Habitualmente los niños están encantados de experimentarlo. Se lanzan corriendo hacia él y se muestran gozosos con las vueltas y revueltas del sendero. Los adultos solemos preferir verlo desde fuera. Los vemos con miedo y recelo.

El cuerpo humano como un laberinto


Mucha gente que entra en un laberinto experimenta un cambio especial. Te encuentras con en un espacio totalmente cerrado al mismo tiempo que abandonas el lugar conocido en el que estabas y la seguridad que implicaba. Ahora sólo te queda la opción de recorrerlo rápidamente para poder salir de él.
Cuando un laberinto está bien hecho, el camino que se recorre favorece la concentración en nuestro mundo interno. Los giros del camino nos animan a dar vueltas en torno a nuestros propios pensamientos. Un sencillo recorrido puede inducirnos un estado de concentración que llevaría más tiempo de preparación y ejercitación con otras disciplinas de relajación alternativas. El laberinto nos puede servir como camino de recogimiento. Nos permite reflexionar sobre nuestra vida o al menos una parte de ella. El centro es el lugar en que uno se encuentra a sí mismo. Su lema podría ser: “mira en tu interior”.

Anecdóticamente Leonardo da Vinci diseñó un laberinto en cuyo centro un espejo angular permitía ver a las personas desde todos los puntos de vista. Éste eres tú, decía el espejo con una invitación abierta a seguir mirando hasta el infinito. Dicho laberinto nunca fue construido.

Quien se adentra en el laberinto tiene delante de sí un objetivo. Llegar al centro y salir. La distancia puede parecer corta. El camino te lleva cerca del centro y de repente te vuelve a alejar de él, la meta desaparece de la vista. Y surgen las preguntas y las dudas. ¿Es éste el camino correcto? ¿Lo estoy haciendo bien? Te planteas que la única acción posible es permanecer quieto, renunciar al camino. Pero esto no te conduce a la meta.
Antes o después te encuentras cerca del lugar de inicio y piensas que no has adelantado nada después de haber caminado mucho. Pero el camino sigue, gira y repentinamente estás en el centro.

Al recorrerlo no hay atajos, hay que hacerlo entero, no te puedes saltar ninguna parte, las curvas, cambios de sentido, retrocesos, las malas y buenas experiencias,... Caminas y caminas, y tienes la sensación de que con cada paso te alejas y retrocedes, en vez de avanzar. Al iniciar el camino lo hacemos como seres imperfectos, con fallos y errores. Nadie escapa a esto, tampoco los que lo hacen con la mejor de las intenciones.
El camino del laberinto es el camino del ser humano hacia su propio interior, y esto siempre requiere un gran esfuerzo y sinceridad. La velocidad no sirve de nada. Si quieres sentir dentro de ti toda su magnitud, debes ser consciente de que te estás adentrando en terreno desconocido, tu propio yo, y debes estar dispuesto a recorrer todas las curvas y toda su extensión.
El laberinto es un símbolo de vida, aunque ésta esté marcada por la imperfección, el sufrimiento, la confusión o los momentos difíciles, el laberinto es un bocanada de aire fresco y una invitación a ponerse en movimiento. Te anima a seguir porque hay una meta, al final del todo está el centro.

Todo laberinto tiene dos sentidos, el que va hacia el centro y el que sale de él. Teseo no necesitó el hilo de Ariadna para encontrar y matar al Minotauro, pero sí para salir de allí. El camino interno es más atractivo porque lleva a una meta, es algo heroico. El camino de salida es más tranquilo y humilde. Ya lo conocemos, y nos puede llegar a parecer largo, puede que incluso demasiado. Pero salir es necesario para aprehender lo ocurrido en el camino de ida, aquí es donde empieza el conocimiento, el paso decisivo para la salvación. El que considere el camino de salida como algo baladí, irá de aventura en aventura como un héroe, pero no conocerá el verdadero significado de la experiencia. Sólo estará más infeliz y más falto de amor.
Salir del laberinto es volver a casa cuando se ha completado la aventura y se ha alcanzado el conocimiento. Y es justo ahora cuando empieza lo verdaderamente importante. El que sale corriendo del laberinto pensando que como ha llegado al centro ya ha triunfado, se pierde lo mejor, ya que el camino de salida nos lleva al amor, la humildad y la bondad, nos lleva al autoconocimiento.

CÓMO MEDITAR EN EL LABERINTO.

El laberinto es una herramienta magistral de conocimiento.
Cada persona lleva dentro de si misma una colección de experiencias, sabiduría y conocimiento, pero la vida diaria nos distrae y no nos permite oír nuestra voz interior, ni tampoco preguntarnos cómo hacer uso de ese gran tesoro interno.
La meditación es básicamente un regreso hacia uno mismo y el laberinto es un medio sencillo y eficaz de fomentarla.

El Pie y la Mano como laberintos


Al meditar mientras caminamos, intentamos alcanzar un estado de concentración interior.
Los laberintos de un solo camino resultan muy adecuados para esto ya que podemos obviar el miedo a equivocarnos y no es necesario prestar atención para salir de ellos. Una opción es usar los pasos de peregrinación, que consisten en dar dos pasos hacia delante y uno hacia atrás. Es algo muy relajante, pero es necesario que el ambiente sea agradable ya que no nos tenemos que preocupar por el tiempo que nos lleve terminar el recorrido. Este tipo de paso nos permite ejercitar la paciencia que también es necesaria en la vida. Al hacer el camino en solitario podemos seguir nuestro propio ritmo tanto de caminar como de pensamiento.

Hay varias actitudes posibles a la hora de entrar en el laberinto. Se puede estar abierto a lo que nos dice nuestro yo interno escuchando lo que nos llega desde lo más profundo de nuestro ser. No es necesario preocuparse si no sucede nada.
También puedes concentrarte en una frase, deseo o decisión. Si lo que quieres es librarte de tus propios pensamientos, un verso, un poema u oración pueden ayudarte a bloquearlos.

Se pueden usar los mantras, repeticiones monótonas de frases cortas. Si son en un idioma extraño, al desconocer el significado, nos centramos mejor en la sonoridad. Todos conocemos el Om Mani Padme Hum, Om Shanti,… Para este caso es muy indicado el mantra Gate, Gate, Paragate, Parasamgate, Bodhi Svaha. 
También se puede usar una frase o pregunta elegida de antemano. Por ejemplo:
¿Qué es lo que realmente me importa?
¿Qué quiero hacer?
¿Qué voy a dejar?
¿A quién escucho?  
Haz el bien y no esperes nada a cambio.
No emplees tu fuerza en cambiar, úsala en ser quien eres.
Permítete ser feliz.

Si quieres aprender a meditar, pídenos información sobre nuestro Curso Online de Meditación mandando un correo a labrujulancestral@gmail.com 




Bibliografía recomendada:
-El Misterio del laberinto. Adrian Fisher.
-La diosa en el laberinto. John Kraft.
-El libro de los hopi. Frank Waters.
-Laberintos: sus formas de representación y sus significados. Hermann Kern.
-El laberinto. Símbolo de miedo, renacimiento y liberación. Helmut Jalkolski.



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