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viernes, 4 de marzo de 2016

Superando obstáculos al meditar



SUPERANDO OBSTÁCULOS EN LA MEDITACION

Cualquier entrenamiento conlleva un esfuerzo y una constancia. Y por definición, cualquier cambio debe vencer todo tipo de resistencias. En el caso que nos ocupa, los obstáculos al desarrollo de la meditación y la concentración, hay diferentes obstáculos que pueden ralentizar, e insisto en ralentizar, que no impedir, nuestro avance. La tradición nos habla de pereza, torpor mental y su contrario, agilidad mental enfebrecida, falta de perseverancia y también su opuesto, el esfuerzo excesivo.

La pereza, tan ligada a la indolencia y a la falta de motivación, adopta varias formas. La ordinaria es rechazar cualquier clase de esfuerzo. El antídoto a usar en este caso es recordarnos el valor de nuestra propia existencia y de cada momento que vivimos, y también los grandes beneficios del crecimiento interior y el Despertar. Reflexionar sobre estos aspectos nos puede ayudar a avivar nuestra motivación y entusiasmo en alcanzar nuestro objetivo.
Otro disfraz que usa la pereza es hacernos pensar: “¡Bah!, esto no es para mí, escapa de mis posibilidades, prefiero no arriesgarme”. Es decir, renunciamos a participar incluso antes de haber empezado. En este caso debemos valorar en su justo valor nuestro propio potencial de transformación y crecimiento, y contemplar el objetivo de nuestra existencia con una perspectiva más amplia.
Hay una tercera forma de pereza que consiste en no tener la voluntad de dedicarse a lo que se sabe que es lo verdaderamente importante, y por el contrario, optamos por malgastar nuestro tiempo en actividades inferiores. Para contrarrestarlo, tenemos que establecer un escalafón de nuestras preocupaciones y recordarnos que tenemos el tiempo contado, que no somos inmortales, mientras que las actividades ordinarias nunca tienen fin.

La distracción es el obstáculo más frecuente en la meditación. ¿A quién no le ha ocurrido? Es lógico, porque cuando empezamos a meditar no estamos entrenados y nuestro espíritu es caótico e indisciplinado, por lo que no es normal esperar que se calme y se calle inmediatamente. Por lo tanto, no hay razón para desesperarse cuando esto nos ocurra.
El fin de la meditación es conseguir que nuestro espíritu se vuelva flexible y manejable, concentrado o relajado según nuestra voluntad, y sobre todo liberarlo de las aflicciones mentales y de la confusión.
Con respecto a la flexibilidad del espíritu, Osho nos recomienda ser como una brizna de hierba, que ante un huracán se dobla y sigue en su sitio, y no ser como un gran roble centenario, que en su orgullo no cede ante la tormenta y acaba arrancado de cuajo.
Como solución a las influencias de la confusión mental, tenemos que cultivar la vigilancia. Cada vez que seamos conscientes de que el espíritu empieza a vagar sin rumbo, tenemos que centrarlo una y otra vez en el objeto de nuestra meditación. Si nos damos cuenta de que nos hemos distraído, eso quiere decir que la plena conciencia ha vuelto a hacer acto de presencia, por lo que tenemos que alegrarnos por ello, y no lamentarnos.
Cuanto más conscientes de que nos distraemos, mayor será el progreso de nuestra meditación. Nuestro objetivo no es dilapidar el tiempo permitiendo que nuestros pensamientos vaguen a su capricho, sino utilizar dicho tiempo de la mejor forma posible para llegar a lograr una verdadera felicidad compartida.

Meditación: Superar Obstáculos



Otros dos obstáculos muy importantes que tenemos que vencer en nuestro camino son el torpor y la agitaciónya que nos hacer perder el hilo de la meditación.
El torpor estropea la claridad del espíritu y la agitación, su estabilidad. El primero puede ir desde una ligera pesadez espiritual hasta el sueño, pasando por el aburrimiento, el soñar despierto, el letargo y otros estados mentales similares.
La falta de claridad es un obstáculo importante si queremos usar la concentración para comprender la naturaleza del espíritu. Cuando a plena luz del día miramos el agua en un puerto marítimo, podemos ver a través del agua clara las piedras y las algas del fondo. Nuestra meditación debe tener esta misma cualidad, que nos permite ser plenamente conscientes de la situación de nuestro espíritu. En cambio, de noche, la superficie del agua es sombría y opaca, y no permite que la mirada penetre en ella; asimismo nuestro espíritu, pesado y ensombrecido a pesar de las apariencias, no nos permite meditar cuando se encuentra en esa situación.
Para librarnos de este estado podemos adoptar una postura más erguida y tonificante, al mismo tiempo que elevamos nuestra mirada al espacio que tenemos delante. Si llevamos demasiada ropa, podemos aligerar nuestra indumentaria. También debemos reavivar nuestra atención y focalizarnos en la plena conciencia del momento presente.

La agitación es el extremo opuesto, una distracción hiperactiva en la que nuestro espíritu no deja de crear pensamientos que están alimentados por nuestros automatismos mentales y nuestra imaginación, y cuyo único objetivo es alejarnos de nuestro objeto de concentración. Podemos estar sentados tranquilamente, pero nuestro espíritu está dando la vuelta al mundo.
Si esto ocurre, debemos relajar nuestra postura física, bajar la mirada y volver a conectar con nuestros sentidos, al mismo tiempo que nos recordamos para qué estamos ahí y qué finalidad tienen nuestros esfuerzos.

Cualquier tipo de entrenamiento conlleva una regularidad. La falta de perseverancia es un gran lastre en nuestra meditación y debilita de gran manera el poder que tiene en nuestro crecimiento.
Volvemos a repetir una vez más lo que ya escribimos en otra entrada, un esfuerzo brutal una vez cada cierto tiempo arroja menores y peores resultados que un esfuerzo más ligero pero continuado.
De la primera forma no conseguiremos transformarnos a nosotros mismo de una manera profunda y duradera, de la segunda forma, sí. Podemos remediar esta debilidad reflexionando sobre el valor del tiempo que se nos escurre de entre los dedos como la arena de la playa, sobre lo incierto de la duración de nuestra vida, y sobre los beneficios que la autodisciplina en este aspecto nos pueden brindar al cabo del tiempo.

También podemos dejarnos embaucar por su opuesto, que es el esfuerzo excesivo, si resulta que dedicamos más tiempo del necesario a poner remedio a nuestra lasitud. A la postre, la tensión que nos producirá nos perjudicará en nuestra meditación. Por lo tanto, tenemos que equilibrar nuestros esfuerzos, y encontrar el punto medio entre tensión y relajación, y dejar de usar un antídoto cuando ya no nos es necesario, permitiendo así que el espíritu repose en estado natural.
El esfuerzo excesivo también puede generarse por la impaciencia o la exaltación, ninguna de las dos nos lleva a ninguna parte. Si quieres escalar una montaña y empiezas corriendo, enseguida te verás obligado a parar porque tus pulmones habrán llegado a su límite. Asimismo, si tensas demasiado un arco, se romperá, y si ponemos el fuego de la cocina al máximo, la comida se quemará en vez de cocinarse a fuego lento o medio.
Esperar un resultado inmediato es pues algo que debemos eliminar de nuestros deseos. El Dalai Lama a veces bromea diciendo que “En Occidente a veces tenemos demasiada prisa. ¡Nos gustaría alcanzar el Despertar rápida y fácilmente, y ya de paso, que nos salga barato y n gastemos mucho dinero!”.
De la misma manera que para lograr una buena cosecha hace falta paciencia y mimo -¡todos sabemos que es totalmente inútil meterle prisa a las patatas para que crezcan más rápido!-, a la hora de practicar la meditación es indispensable la paciencia y la constancia.

Meditar



Los Maestros de Meditación nos han legado nueve métodos para cultivar la atención.
Recordemos que la plena conciencia consiste en mantenerse siempre atento al objeto de la concentración que hemos elegido previamente.
1.    Concentrar el espíritu, aunque al principio sólo sea brevemente, en un objeto siguiendo las instrucciones y evitando las distracciones de la mente.
2.    Re-Posar al espíritu continuamente a ese objeto durante un período de tiempo cada vez más largo sin caer en la distracción. Necesitamos recordar claramente los métodos para mantener el espíritu concentrado en el objeto, guardarlas en la memoria y usarlas con cuidado cuando sea necesario. Con el tiempo podremos llegar a identificar esas distracciones en el mismo momento en el que aparezcan.
3.    Re-Posar el espíritu repetidamente verificando a intervalos regulares que sigue concentrado en el objeto y volviéndolo a llevar a él cada vez que nos demos cuenta de que nos hemos distraído. Debemos para ello darnos cuenta de que el espíritu ha sido víctima de la distracción, identificar el pensamiento o emoción que generó la distracción y aplicar el antídoto correspondiente. Paulatinamente seremos capaces de mantener el espíritu tranquilo y estable durante período de tiempo cada vez más y más largos, conservando una plena atención más clara.
4.    Re-Posar el espíritu con cuidado. Cuanto más concentrado y firme esté, mejor disposición tendremos hacia la meditación. Aunque la atención no sea perfecta, podremos lograr no perder de vista por completo el objeto de la meditación y liberarnos de la agitación mental.
5.    Dominar el espíritu. Cuando la concentración llega a estabilizarse, podemos correr el riesgo de que se convierta en torpor. Si esto pasa, lo mejor es reavivar la plena conciencia del presente y recuperar la inspiración y entusiasmo por los beneficios que nos brinda la concentración perfecta (samadhi).
6.    Pacificar el espíritu. A veces de tanto reavivar la agudeza podemos generarnos una sutil agitación mental que desvía nuestra atención. Deberemos entonces pararnos a revisar los obstáculos que nos hemos creado y calmar así el espíritu para que vuelva a estar claro y límpido como el agua de un estanque tranquilo.
7.    Pacificar totalmente el espíritu a través de la atención constante para despojarnos de nuestros apegos, felicidad, claridad, ausencia de pensamientos discursivos, movimientos espontáneos de alegría o tristeza, exaltación o desaliento, etc. Todas estas experiencias tan humanas pueden llegarnos sin un motivo aparente y son señal de cambios profundos en nuestro espíritu, pero no debemos identificarnos con estas experiencias, ni concederles mayor importancia de la que tienen los paisajes que vemos por la ventanilla del coche cuando vamos de viaje. Mediante nuestra plena atención apaciguada, estas experiencias desaparecerán por sí mismas sin alterar nuestro espíritu, llegando así a una profunda paz mental.
8.    Mantener la atención concentrada en un punto. Después de eliminar el entorpecimiento y la agitación, tenemos que mantener nuestro foco de atención de manera estable y clara en nuestro objeto durante toda la meditación. De esta forma, el espíritu es comparable a la llama de una vela protegida del viento, estable y luminosa que ilumina al máximo de su capacidad. Con un pequeño esfuerzo al iniciar la meditación situaremos nuestro espíritu en la plena concentración y una vez hecho, se mantendrá ahí por si mismo sin dificultad, en su estado natural, libre de perturbaciones.
9.    Reposar en un estado de equilibrio perfecto. Si el espíritu está totalmente familiarizado con la concentración plena en un objeto, se mantiene en un estado ecuánime que viene forma espontánea y que se autosostiene sin esfuerzo.


Bibliografía:
-         Meditación. La primera y última libertad. Osho
-         El libro de los secretos. Osho
-         En defensa de la felicidad. Matthieu Ricard
-         El arte de la felicidad. Dalai Lama
-         El arte de la sabiduría. Dalai Lama
-         El milagro de la plena consciencia. Thich Nhat Hanh

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