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viernes, 2 de septiembre de 2016

Meditación de la Visión Penetrante. Parte 4


A LA BÚSQUEDA DEL EGO

Entender la naturaleza del ego y cómo funciona es importantísimo para librarnos del sufrimiento, por mucho que nos resulte extraño ya que estamos acostumbrados a relacionar el ego con nuestra identidad personal.

Desde que nacemos nuestro cuerpo va cambiando constantemente y así, nuestro espíritu pasa a ser el escenario teatral de una gran multitud de experiencias. Inconscientemente pensamos que en alguna parte de nuestro interior hay una entidad duradera que nos confiere una existencia tangible y permanente. Esto crea un fuerte apego, primero al “YO” y luego al concepto de propiedad “MÍO”, pensemos en los niños pequeños en esa época en que empiezan a ser conscientes de su individualización. De esta forma y a tan tierna edad, formamos en nuestro interior la dualidad yo/otros que tanto afecta a nuestros pensamientos.
Popularmente, el ego es también el concepto llevado al límite de la importancia de uno mismo, y esta identidad ficticia se convierte en el centro de todas las experiencias vitales.

Meditación de la Visión Penetrante. Parte 4


Pero tan pronto como analizamos la auténtica naturaleza del yo, nos damos cuenta de que no podemos delimitar otra entidad que le corresponda. El ego no es más que un concepto mental que asociamos con las experiencias que configuran nuestra conciencia.
Nuestra identificación con el ego es disfuncional, ya que entra en conflicto con la realidad. Le atribuimos cualidades como la permanencia, la autonomía o la singularidad, cuando resulta que la realidad es inestable, interdependiente y múltiple. Nuestro ego divide permanentemente el mundo entre el yo y el otro, lo mío y lo no mío.
Como esto es un error de partida, el ego se ve amenazado por la realidad y esto a su vez nos genera un sentimiento de inseguridad y temor, y reaccionamos intentando protegerlo y reforzarlo. Así nos encontramos sintiendo rechazo hacia todo aquello que suponga una amenaza para el ego, y atracción hacia todo lo que lo sustente. Esta pareja de atracción y repulsión es el origen de muchas emociones dañinas.

Quizás pensemos que dedicar tiempo a satisfacer y reforzar el ego nos podría llevar a la felicidad. Pero la realidad nos demuestra que eso no ocurre, de hecho el resultado es el opuesto.
Al imaginar un ego independiente estamos creando una contradicción con la naturaleza fundamental de las cosas, lo cual origina frustraciones y tormentos infinitos. Dedicar tiempo y energía al ego sólo puede traer efectos negativos sobre nuestra calidad de vida.

El ego sólo puede crear una falsa sensación de confianza en nosotros mismos y en nuestro concepto de auto-imagen, ya que sus cimientos son débiles (fuerza física o intelectual, belleza corporal, poder, éxito,…). La confianza real en uno mismo es algo diferente, que curiosamente tiene su origen en la ausencia de ego.
Acabar con la ilusión del ego es librarnos de una debilidad. La autoconfianza que no se basa en el ego nos da libertad, ya que no es esclava de emociones, y nos hace invulnerables al juicio de “los otros”, estando además basada en la aceptación de uno mismo y de las circunstancias, sean las que sean. Esta misma libertad se convierte en apertura a todo lo que se presenta en nuestro camino. En contra de lo comúnmente pensado, no es una frialdad distante, ni desapego o indiferencia, sino la disponibilidad benévola hacia todos los seres.

Si nuestro ego no se puede alimentar de triunfos, intentará hacerlos con nuestros fracasos, convirtiéndose a sí mismo y a nosotros en víctimas. Este otro círculo vicioso de retroalimentación negativa le confirma su propia existencia de la misma forma que la euforia que vimos  en el párrafo anterior.
Con estas triquiñuelas de focalización en éxitos o fracasos, el ego presta toda su atención a sí mismo, y esto es un gran veneno para nosotros.
El ego es el resultado de una actividad mental que crea y mantiene viva una entidad imaginaria de nuestro espíritu. Es un impostor que tan sólo piensa en sí mismo. Uno de los objetivos de la visión penetrante, vipashyana, es precisamente desenmascarar el engaño del ego.

Es importante remarcar una vez más que nosotros no somos ese ego, como tampoco somos esa cólera, ni esa desesperación. Pero debemos estar atentos, la conciencia pura, la presencia despierta que es la base de toda emoción, experiencia, raciocinio e incluso del ego, es una cualidad fundamental de nuestra mente y no una nueva entidad aún más sutil que el propio ego.
El ego es una construcción mental muy duradera porque se refuerza con nuestros pensamientos, pero eso no conlleva una existencia propia. Esta ilusión únicamente se mantiene en nuestra conciencia debido a la confusión mental.
Para poder desenmascarar el engaño del yo, hay que investigar hasta el fondo, igual que cuando tienes la sensación de que alguien ha entrado en tu casa y no te quedas tranquilo hasta hacer revisado todas las habitaciones y rincones de la misma.

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Meditación:
Examina eso que crees que es la identidad del “yo”.
¿Tu cuerpo? Una mezcla de huesos y carne.
¿Tu conciencia? Una concatenación de pensamientos fugaces.
¿Tu historia? La memoria de lo que no es.
¿Tu nombre? Le añades una serie de conceptos como reputación o estatus social, pero es sólo un conjunto de letras.

Si el ego fuera nuestra esencia más profunda, el intentar librarte de él te causaría temor.
Pero si es una ilusión, entonces no estarías extirpando tu núcleo fundamental de existencia, sino que librarte del ego te ayudaría a disipar un error y a abrir los ojos a la verdadera realidad. De la misma manera que la oscuridad no ofrece resistencia a la luz, basta con encender una bombilla, el error no ofrece resistencia al conocimiento, basta con ser plenamente conscientes.

Cuando dejas de considerar al “yo” como al centro del mundo, empiezas a relacionarte con los “otros” de un modo natural. La autocontemplación egocéntrica de tus propios sufrimientos te genera desánimo. Por el contrario, la preocupación altruista por el sufrimiento de tu prójimo te da una mayor determinación a ayudar a su bienestar.

Así que vuelve a examinar si en tu interior hay un sentimiento profundo del “yo”.
¿Dónde está ese “yo”? No en tu cuerpo, porque si dices “yo estoy triste”, esa tristeza no está en tu cuerpo, sino que tu conciencia tiene una impresión de tristeza.
¿Está entonces en tu conciencia? Si dices que “alguien me ha pisado”, ¿acaso tu conciencia ha sufrido el pisotón? Por supuesto que no. El “yo” no puede vivir fuera del cuerpo y de la conciencia.
¿Está entonces el “yo” en el conjunto formado por el cuerpo y la conciencia? Este concepto es muy abstracto.

La única solución a este dilema es que consideres al “yo” como una designación mental que está vinculada a un proceso dinámico, y a una serie de emociones, sensaciones, conceptos e imágenes mentales. El “Yo” es un nombre que usas para designar un continuo, al igual que usas el nombre Nilo para llamar a un continuo de agua que fluye por un determinado territorio.
Cada río tiene su historia, su paisaje y su agua que pueden ser hermosos, limpios, envenenados por la contaminación,… Por tanto es razonable darle un nombre y diferenciarlo de otro río. Pero ¡cuidado!, en el río no hay ninguna entidad que sea su corazón o esencia. Exactamente lo mismo ocurre con el “yo”. Tiene una existencia convencional, pero no como una entidad que sea el núcleo de tu ser.

El ego siempre tiene algo que ganar o perder. En cambio, el espíritu no tiene nada que perder o ganar, no es necesario añadirle o quitarle nada.
El ego se alimenta de los remordimientos del pasado y el miedo al futuro, pero no puede permanecer en la quietud del ahora.

Por lo tanto, mantente en la sencillez y quietud de la plena conciencia del ahora. Esto implica la libertad y el final de todo conflicto interno, de toda proyección o construcción mentales, toda identificación y toda división.

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Vale la pena dedicar tiempo a que nuestro espíritu repose en el aquí y ahora lleno de calma interior, para así entender qué lugar ocupa el ego en la vida. Si el sentimiento de la importancia del ego controla el timón de nuestro ser, nunca tendremos una paz duradera. La causa de nuestro dolor seguirá intacta dentro de nosotros, obstaculizando la más esencial de las libertades.

A la búsqueda del Ego
A la búsqueda del Ego


Terminar con la fijación en el ego y dejar de identificarnos con él conlleva una inmensa libertad interior. Y es esta libertad la que nos permitirá acercarnos a nuestro prójimo con benevolencia, serenidad, naturalidad y coraje.
Como no tenemos nada que ganar, ni nada que perder, somos totalmente libres de dar y recibir con plenitud.


Bibliografía:
-         Meditación. La primera y última libertad. Osho
-         El libro de los secretos. Osho
-         En defensa de la felicidad. Matthieu Ricard
-         El arte de la felicidad. Dalai Lama
-         El arte de la sabiduría. Dalai Lama
-         El milagro de la plena consciencia. Thich Nhat Hanh


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